Necrotia

La última oportunidad | Capítulo 1

Dakota tendrá la última oportunidad para conservar sus recuerdos a cambio de su libertad, al forjar un pacto con Necroty, la Reina de los Muertos.


Dakota cruzó el Túnel de los Muertos hacia la luz blanca. Aquella que los mortales dicen ver y algunos no tienen el atrevimiento de correr hacia ella, con el objetivo de quedarse con sus seres queridos. La mujer navajo sabía que no existía vuelta atrás, porque su cuerpo físico dejó de funcionar como consecuencia del ahorcamiento.

Ella pensó que descansaría en paz, pero Necroty planificó otro escenario muy distinto. Según ella, su alma no debía salir de Necrotia, porque Dios la obligaría a que olvidara todos sus recuerdos y transformarla en otra forma de vida.

Necroty pensaba que su partida traería grandes problemas a Necrotia y necesitaría a personas como ella, con el fin de defender Necrotia de los ataques provocados por el Averno y el Cielo. Ella pensaba que las almas deben juzgarse de forma imparcial y con evidencia irrefutable a la vista.

Los matices pueden romperse, en un abrir y cerrar de ojos. Aquel escenario sombrío debía impedirse a cualquier costo, con el objetivo de mantener un equilibrio entre ambos mundos.

El denominado Reino de los Muertos era lúgubre, sombrío, triste y frío, con una luminosidad creada por las almas en pena oprimidas, le daba un supuesto toque de esperanza. Vivían en casas hechas con el mismo material que el trono de la Santa Muerte, para esperar su veredicto o quedarse de manera permanente, en aquel lugar oscuro y desolado.

Una monarquía eterna regía Necrotia, pocos ciudadanos artificiaban conflictos, porque los guardias imponían orden para calmar las aguas. Nadie podría enfrentarse a la autoridad de Necroty. Aquellas almas que lo intentaran, el reino creaba un juicio instantáneo y la pena consistía en el encarcelamiento eterno, perdiendo todo el derecho de dirigirse al Cielo o al Averno.

Los guardias de Necrotia, espectros hechos de huesos humanos y de animales, de tres metros de alto, imponentes y sus ojos no tenían vida. Sólo recibían órdenes de su reina que debían ejecutarse a la perfección.

Llantos, lamentos y gritos de ira, orquestaban una especie de música mórbida, peor que un manicomio creado por los mortales, porque las almas compuestas de energía eterna que, si no van a ninguno de los dos reinos, no descansarán jamás. Dakota no era capaz de soportar aquellos sonidos, pero los guardias la obligaron a recorrer todo el reino.

La ex navajo tenía lágrimas en los ojos, porque no podía ayudar a aquellas almas y presentía que su recorrido por la ciudad era algo atípico, como si la propia Muerte quisiera un enfrentamiento cara a cara.

Llegaron a una puerta negra gigantesca que pesaba tres toneladas, adornada con calaveras de todos los seres vivos y que pocos lograban abrir de par en par. Sólo Necroty y sus guardias poseían la capacidad para ello.

Al entrar, divisaron el trono de la Santa Muerte, hecho de piedra volcánica y almas en pena condenadas que lo iluminaban. Un símbolo funesto de su dominio y nadie tenía el derecho a tocarlo.

Con una felicidad extraña y algo disimulada, Necroty abrazó a la mujer navajo que no paraba de llorar, como consecuencia de lo que presenció, al conocer un lugar tan horrible y oscuro.

Cuando Dakota dejó de llorar, miró de frente a la Santa Muerte, una humanoide femenina, con una piel blanca como la luna, compuesta de piel espectral, sin huesos a la vista, pelo negro como las piedras volcánicas y ojos azules semejantes al cielo en pleno día.

Su apariencia deslumbrante y pacífica contrastaba con una personalidad distante e inclemente, al juzgar cada alma que entra a su reino, pero la mujer navajo no tendría un juicio normal. Necroty quería forjar un pacto secreto. Algo inédito en la historia de Necrotia, porque ningún alma en pena había recibido esa oportunidad.

Los guardias exigieron a Dakota que saludara a la Reina de los Muertos. El saludo consistía en arrodillarse, inclinar la cabeza y colocar las manos en el suelo, con el objetivo de demostrar que la visita tenía un motivo pacífico y sin hostilidades de por medio. La mujer navajo imitó el gesto como señal de respeto a la autoridad.

Necroty dio la orden para que todos levantaran la mirada y pidió a los guardias que salieran para hablar con Dakota a solas, en su palacio. Ellos le hicieron caso a su reina y miraron a la débil mujer, por última vez.

Construido con el mismo material que su trono, el palacio de Necroty tenía un aspecto que reflejaba su personalidad: varias habitaciones vacías, una servidumbre espectral y espejos en cada pasillo colocados para que la luz emitida por las sirvientas iluminara todo el lugar.

La mujer navajo no quería iniciar la conversación. No por descortesía, sino que nunca enfrentó una situación similar. Así que, la Santa Muerte inició la conversación dejando en claro sus intenciones:

  • Hola Dakota. ¿Cómo estás?
  • H-Hola – dijo Dakota apenada y asustada.
  • Sé que te suicidaste por amor. Lo siento – dijo Necroty con un tono compasivo.
  • No volveré a ver a Dimitri y tampoco sabrá cuánto lo amé. Por favor, déjame marchar – dijo la mujer navajo con lágrimas en los ojos.
  • Dimitri es inmortal y tú lo sabías. Un individuo muy especial por su invulnerabilidad – insinuó la Santa Muerte
  • ¡¿Cómo lo sabes?! – gritó Dakota sorprendida.
  • Como podrás ver, soy la Reina de los Muertos. Los pasos de cada alma viva son documentados, en éste lugar. En teoría, soy más poderosa que Dios y Samael, pero todo ha estado más inestable de lo que parece – dijo Necroty algo preocupada.
  • Comprendo. Pero, ¿por qué me cuentas todo ésto? – preguntó Dakota.
  • Al parecer, desconoces cuál es tu condición. No permitiré que salgas de éste lugar – dijo la Santa Muerte con un tono de voz seco.
  • ¡¿No es justo?! – gritó la ex navajo.
  • ¡¿Baja la voz?! ¡¿No soy tu amiga?! ¡¿Éste es mi reino?! – gritó Necroty iracunda.
  • D-De acuerdo. Por favor, no me hagas nada – dijo Dakota asustada.
  • Si te encarcelara, serías un alma desperdiciada – dijo la Reina de los Muertos calmando su ira.
  • ¿Quieres que te ayude o me juzgarás? – preguntó intranquila la mujer navajo.
  • Ambas. Mi veredicto consistirá en que tú serás mi mano derecha por toda la eternidad. Transformaré tu apariencia, tendrás poderes que nunca imaginaste adquirir y me prometerás que no volverás a hablar con tu familia, ni con Dimitri. A cambio, conservarás tus recuerdos, tendrás un cuerpo nuevo inmortal y podrás visitar el mundo de los humanos para cumplir varias misiones – dijo Necroty con un carácter implacable.
  • Acepto el veredicto – dijo Dakota resignada.
  • Espero no equivocarme contigo. Recuerda que, la inmortalidad que te otorgaré tiene condiciones. Dimitri y su madre no poseen condiciones, algo que aborrezco, y cuando llegue el momento, los confrontaré – dijo la Santa Muerte con una tonalidad fría.

Necroty acumuló energía espectral en sus manos y apuntó al alma de Dakota. La transformó en una esfera de luz, como los orbs vistos en la televisión, pero un brillo más intenso. Ella no paraba de gritar y llorar, como consecuencia del dolor que implicaba volver a nacer en un cuerpo adulto y el crudo proceso consistía en tres fases.

La primera fase consiste en la construcción del sistema óseo, el soporte de todo el cuerpo humano, unido con una capa espectral que actúa como un pegamento. El alma de Dakota ingresa al tórax de su nuevo cuerpo, para que comenzara la segunda fase, basada en la construcción de los órganos y sistemas vitales para la sobrevivencia del nuevo cuerpo que palpitaban poco a poco, como los cables y circuitos de una máquina sin su carcasa exterior. Para terminar, los músculos y la piel cubrieron al nuevo ser humano engendrado en Necrotia.

La mujer navajo observó sus manos, tocó su rostro y su nuevo cuerpo. La felicidad podía apreciarse a kilómetros de distancia, pero Necroty la detuvo y le recordó:

  • Posees un nuevo cuerpo, pero no serás libre. Juraste servir a Necrotia por toda la eternidad.
  • Si, mi señora. Pero, ¿por qué me veo distinta? – preguntó Dakota a la Santa Muerte.
  • ¿No te gustó? Realmente, me esmeré en crear tu nueva apariencia – dijo Necroty con una sonrisa.
  • Si, me gusta. Siento que éste cuerpo nuevo me dará las armas para servir al reino – dijo la mujer navajo.
  • Tus poderes servirán para defender el reino y cumplir las misiones que formarán tu temple – dijo la Reina de los Muertos.
  • ¿Cuáles serán las misiones que deberé cumplir? – preguntó una dudosa Dakota.
  • Todo a su tiempo – dijo una misteriosa Necroty.
  • De acuerdo, mi señora – dijo la mujer navajo con resignación.
  • ¿Te dará más seguridad un nuevo nombre? – preguntó la Santa Muerte.
  • No, mi señora. Me gusta mi nombre – dijo Dakota asustada.
  • Pero, en el mundo humano, necesitarás un nuevo nombre – dijo la Reina de los Muertos intentando razonar con ella.
  • Tiene razón, mi señora. Deberé despojarme de mis creencias y mi nombre. Como el  color del poder que me entregó, me llamaré Celeste. Celeste Blake – dijo la ex mujer navajo.
  • Me gusta tu nuevo nombre. Serás la sacerdotisa de éste lugar – dijo Necroty con tranquilidad.
  • Muchas gracias, mi señora – dijo Celeste.
  • Descansa, Celeste – dijo la Santa Muerte.

La sacerdotisa desconocía sus poderes. Tenía miedo de toparse con Dimitri, en alguna de sus misiones y que la reconociera. Violar las condiciones de Necrotý podrían condenarla eternamente. Encontró sabia la decisión de un cambio de imagen.

Una de las sirvientas guió a Celeste Blake a su habitación, preparada con cosas típicas humanas, tales como: un velador, una cama de dos plazas, un escritorio, varios libros y un cuaderno de 500 hojas con un pentagrama y dos lunas a los costados, es decir, un símbolo wiccano.

Ella quería dormir en su cama, por lo que pidió a la sirvientas que alejaran su luz del lugar. Comprendieron la petición, ya que su organismo humano le impedía desvelarse como ellas y Necroty.

Al acostarse, pensó en Dimitri y lo que vivieron juntos. Cuando él aprendió a controlar un caballo, miró a Dakota con una cara triste y conversaron:

  • Detesto éste don – dijo el ex militar soviético.
  • ¿A qué te refieres? – dijo la Dakota de aquel tiempo.
  • Deseo volver a ver a mi familia, pero la realidad dirá otra cosa. Lo presiento – dijo Dimitri.
  • ¿Crees que murieron? – preguntó la mujer navajo.
  • Sí. Quiero matarme y no puedo. Inmortalidad de mierda – dijo con rabia el ex militar soviético.
  • Comprendo. Pero, los dones existen para hacer el bien, amigo – dijo Dakota con una tono de voz comprensivo.
  • Gracias por escucharme. Por primera vez, me siento escuchado y no sabes cuánto lo valoro – dijo Dimitri con lágrimas en los ojos.

Paradójicamente, Celeste sintió algo similar sobre el don de la inmortalidad otorgado por Necroty. Pero, a diferencia de Dimitri, ella tenía claridad sobre la misión que debía cumplir.

Otro recuerdo apareció en su mente, sobre la última discusión que tuvieron. Dimitri quería hablar con Dakota para preguntarle sobre una idea que tenía en mente:

  • ¿Es posible que pueda contactarme con mis padres, a través de un ritual?
  • ¡¿Acaso no has entendido nada?! ¡¿Mis consejos no valieron nada para ti?! – gritó Dakota con lágrimas en los ojos.
  • ¡¿Por qué me golpeaste?! ¡¿Pensé que me entendías?! – gritó Dimitri adolorido y triste.
  • ¡¿No hay que molestar a los muertos?! – gritó la mujer navajo enojada y caminó a su habitación.

Al día siguiente, Dimitri escondió una carta de despedida a Dakota, mencionando que no volvería a su casa y agradeció la hospitalidad que todos le entregaron. Quería rearmar su vida en otro lugar, con el fin de tener una vida normal.

Ella no soportó su ausencia y terminó con su propia vida. Después de recordar todo, Celeste lloró por unos instantes y durmió con lágrimas en sus ojos. Necroty la visitó y contempló a su hija, la sacerdotisa blanca de Necrotia.

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The Author

Mauro Gómez

Mauro Gómez

Tecnólogo en Informática Biomédica especializado en Marketing Digital, UX y Programación. Autor de historias de Terror de los tipos Uncanny y Psicológico